Ella es la dueña de mis anhelos. Parece que la oigo, así, susurrándome al oído como cuando cuchicheamos. Debe de ser que me enamora su sonrisa. Quizá me calle de vez en cuando solo para escuchar su cálida voz, suave como el murmullo de las olas. Quizá no deba hablar así de ella por osadía. Amistad no sería la palabra que nos define porque ya se queda atrás. Hemos superado el juego volviendo a comenzar quinientas veces. ¿Sabéis? Nunca perdemos.
Que tal si me canso y te dejo a tu aire, demasiado fácil decirlo y nunca decidiríamos dar tal paso. Vale, que me cae bien. Vale, estoy mintiendo. Nunca digas que te cae bien una persona a la que quieres como a tu vida. Que me estoy pasando, no lo creo. Y seguiría.
Demasiado tarde para volver atrás si algún día se me da por no haberla conocido. Es que no me deja que le chille. En el fondo sé que es una tontería. Dame una vida y te diré lo que se necesita para conservarla. Consígueme un billete y la llevaría a las estrellas para que no se olviden de que existe tal invención de la humanidad.
Es todo lo que quiero en esta vida.
Un poco de sal, un poco de azúcar, dos gotas de corazones y una gran mejor amiga.
Más te vale no olvidarte de todos aquellos veranos.
- Cárgame la cuenta, o me voy sin pagar lo que viviré con ella el próximo atardecer.
- No, perdona, es que no tiene precio.
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